27/11/2021

El trino del ñacundá rodando en la oscuridad



Al igual que las diferentes especies abordadas, el ñacundá (Chordeiles nacunda), nos deja sus particularidades. Se lo vislumbra las tardes en que al andar por el campo su vuelo nos sorprende en el horizonte o detrás del monte cercano. Salen por momento dos o tres, pero también están los atardeceres de 50 o 60 ñacundá que se trasladan sobre el cielo de alguna laguna. La jornada arranca con las últimas luces del día. Si bien no son difíciles de observar en el Litoral, cabe contar que estas aves durante el día pueden permanecer quietas en los campos con pradera corta. Pueden así pasar desapercibidas, confundidas por la vegetación o como trozos de pequeñas maderas o ramas.
Lo cierto es que, en los momentos menos pensados, cuando la actividad empieza a decaer, los ñacundá inician su vuelo semejante al de los teros, pero son más errantes y mucho más silenciosos. La imagen que hoy nos acompaña fue tomada en la ruta, cuando el ave se encuentra en plena actividad, comiendo los insectos que revolotean a su alrededor.

Plumaje críptico
El ñacundá habita en gran parte de Sudamérica. En nuestro país se lo encuentra del centro al norte. Está en bosques, sabanas, pantanales y pastizales. También es posible verlo en los bordes de los ríos, zonas costeras y ambientes xerofíticos. Suelen estar en lugares abiertos, zonas cálidas y de moderada altitud. Esta es un ave de unos 30 centímetros, con cola corta y alas largas y redondeadas. Su cabeza es plana y pequeña, con un pico chico, pero con una gran boca que abre en vuelo para cazar. Los ojos son negros y muy grandes.
“El plumaje críptico es clave en su supervivencia”, describe el sitio web misanimales.com. Gracias a él se mimetizan perfectamente con el paisaje. Sus patas son cortas y su cuerpo es de color arena, con puntos negros en contraste con su vientre y garganta de color blanco; en vuelo se puede ver un parche blanco en el interior de las alas. Al igual que otras aves también tiene sus nidos en el suelo. Su vuelo suele ser bajo y errático, y es en ese momento cuando cazan los insectos de los que se alimentan: escarabajos, hormigas, zigópteros, libélulas, grillos, polillas, homópteros, tijeretas y mosquitos. También aprovechan las fuentes de luz artificial que atraen a los insectos para cazar. Su plumaje está adaptado a un vuelo sigiloso, indetectable para sus presas.

“La noche no es buena”
Silvia Mareco es trabajadora sexual. Vive en Formosa, Capital. Tras algunos mensajes de WhatsApp hablamos por teléfono. Ella estaba por salir del supermercado en el momento que sonó su celular y la conversación arrancó en un buen clima sobre las distintas clases de vino, vino espumante y champagne. Lleva más de 30 años como trabajadora sexual. Sobre sus inicios, cuenta que no fue fácil. “En principio uno no nace sabiendo. Uno al comienzo no sabe nada. Por circunstancias de la vida, por una u otra cosa, por una compincha, una chica conocida -compañera del trabajo doméstico- comencé a trabajar de noche. Había quedado embarazada y tenía un hijo. Por circunstancias que empujan a pensar en el niño que estás criando, te hablo desde mi lugar y de otras madres que conozco, uno tiene que sacar al niño adelante y yo no quería que él sufriera lo que yo sufrí. Cuando vos no tenés mamá nadie te quiere”, advierte. Su madre había fallecido cuando era pequeña y eso la marcó desde muy chica. “Me fui a Buenos Aires y conocí a una compañera que trabajaba de empleada doméstica. Ellas se escapaban a los prostíbulos, nadie la obligaba, a mi nadie nunca me obligó. Así empecé, iba a tomar algo. Los primeros días no hacía nada porque tenía muchos nervios. Pero después al pensar que podés sacar adelante a tu niño y que él no sufra frío, hambre, maltrato. Pensaba que podía brindarle una mejor educación y todo lo que yo no pude tener. Así uno va entrando, sin querer. No te diste cuenta y entraste”. Silvia habla con voz clara, precisa, hace pocas pausas y pone acento en algunos silencios sobre sus propias palabras.

“No es plata fácil”
“Este trabajo no es fácil. Porque bancarte un tipo, soportarlo, no es plata fácil. Muchos dicen que es plata fácil, pero no lo es. Se sufre mucho. Hay prejuicios. Hoy en día quizás ya no hay tantos, pero hace 30 o 40 años había mucho prejuicio y la gente te juzga. Antes agachábamos la cabeza”, explica. “Empecé cuando tenía 21 años y hoy tengo 52. Te digo que no es fácil. Cuando vivía en Buenos Aires era distinto. Es una ciudad grande, nadie te conoce, nadie te ve, nadie se preocupa por tu vida. No existís. En un pueblo chico es totalmente distinto. Era difícil. En Formosa era feo. Después me ponía a pensar que no vivo de las habladurías, los comentarios me entraban por un oído y me salía por otro. Sobreviví. Nunca pedí ayuda. Me banqué sola la tristeza, el hostigamiento, el estar sola. Sobreviví. Tengo compañeras con las que nos conocemos hace muchos años, buenas madres. Siempre hay buenas madres”, resalta y hace silencio para tomar aire, habla de corrido ahora con energía, bronca, dolor, tristeza, alegría, orgullo. “Siempre hay buenas madres”, insiste.
Con el tiempo Silvia cuenta que se puede salir, aunque nada sea fácil. La marginación es un bicho raro que está presente sin importar el tiempo. “La marginación está. Hoy vendo cosas. Soy vendedora ambulante, vendo mates, termos, bombillas, sábanas, ojotas, lo que se me presenta”. “Te voy a decir algo”, me dice y baja por un instante el tono. Sobre el trato con los hombres ella pone los puntos en claro, suelta las palabras más lentas como poniendo puntos en cada expresión. “El cliente es como vos trabajás con ellos. Al cliente una no lo conoce. Viene uno y me pregunta, por ejemplo, ‘¿cuánto cobras?’. Le digo el precio y lo que incluye el servicio por esa plata. Todo además con cuidado extremo, con preservativo. Hay que usarlo. Ahí el cliente lo toma o lo deja, porque después nosotras tenemos que tener carácter para manejar a un tipo en la pieza o donde sea que lo tome al servicio. A su casa no hay que ir. Es regla, a su casa no hay que ir”, advierte.
“A la casa del cliente no hay que ir. Siempre a un hotel. Porque uno así tiene la posibilidad de pedir auxilio. Si el tipo se hace el vivo y quiere otra cosa cerramos los corsos y nos vamos. Pero el cliente es como vos lo hacés, ellos prueban y si uno afloja, pierde. Tengo carácter. Pero la vida me hizo así, si no los tipos hacen lo que quieren con una mujer”, advierte.
Ella está hoy junto a la Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos, una organización que lucha por los derechos de las mujeres en situación de prostitución o explotación sexual. “Hay chicas que necesitan ayuda. Tenemos este grupo que, si Dios quiere, a partir del mes que viene algunas chicas van a cobrar para poder estudiar. Una compañera me conectó y gracias a este grupo estamos haciendo algunas cosas. Siempre que puedo voy y retiro los preservativos y reparto a las compañeras. Nosotras no generamos violencia, charlamos, charlamos mucho con las chicas y ellas me preguntan. Nos ayudamos. Hay muchas chicas jóvenes que ingresan hoy como trabajadoras sexuales por la droga”, cuenta.
“Más respeto”
Silvia abrió otro panorama de lo que es la noche, nos trajo su experiencia y su relación con la noche no es buena. “La noche para mí no es buena. Nunca fue buena. Nunca...”, repite.
“Creí durante mucho tiempo que eso era lo mejor. Una cree que no te queda otra cosa por hacer. Si uno trata de salir sale, pero si una está apretada con la plata porque hay que pagarla obra social, la tarjeta, donde vivo, las cuentas. Entonces no queda otra que ir a pararte en una esquina donde sabés que podés llegar a levantar a un tipo. Mi relación con la noche no es buena. Nunca fue buena. Toda mi vida trabajé de noche. Este trabajo no es bueno para nadie. Pero uno sale. Con el tiempo uno sale”. Terminamos la charla y seguimos con otros temas. Hablamos sobre la situación de la calle, los bandos, las zonas de la ciudad. Silvia vuelve sobre las palabras de esta charla y dice: “Ah...”, como quien olvida algo. “Hay que decir que dejen de maltratar a las mujeres. Incluso entre compañeras que se dejen de maltratar. Hay que respetarse”, concluye.
 

Colaboración: Paulo Ferreyra.