07/12/2021

Gorjeos de luz, el zorzal



El zorzal colorado (Turdus rufiventris) es el prototipo del pájaro cantor por excelencia en nuestras latitudes. Vive en un territorio muy extenso comprendido por Brasil, Paraguay, Bolivia y Uruguay. En nuestro país se encuentra en gran parte del territorio centro y norte. Su gran versatilidad en cuanto a costumbres le permite anidar en áreas rurales como en los parques y jardines de las grandes urbes. Esto último, según los especialistas, es parte de su inteligencia que le ha permitido advertir la mayor posibilidad de alimento presente en el ámbito ciudadano. Su canto, de extraordinaria armonía y por lo general a cargo de los machos, se vincula con el llamado a la pareja o la delimitación de su espacio cercano al nido.
Al amanecer o al atardecer puede prolongarse en sesiones de un par de horas, explican desde el portal tierra de gauchos. El zorzal mide aproximadamente 23 centímetros de largo. La zona dorsal, alas y cola son de color gris parduzco; posee una garganta blanquecina estriada de pardo oscuro; un pecho pardo-grisáceo y el resto de la zona ventral es castaño y su pico, amarillo. Estas aves se caracterizan por presentar un canto melodioso y es común observarlas caminando por el suelo en busca de insectos o lombrices, aunque también se alimentan de frutos. Se trata de una especie abundante, por lo tanto, es frecuente verla. Construye su nido en forma de taza con materiales como fibras vegetales, barro y pequeñas raíces, donde ponen hasta tres huevos. Habita selvas, bosques, montes, parques, plazas y jardines de ciudades. Libertad
Cerramos este mes de aves y poesía. Hoy con la poesía del entrañable Rodrigo Galarza. Ha publicado “Soles dormidos”, “Cuentionario”, “Ráfagas de pájaros”, “El desierto de la sed”, “Parque de destrucciones”, entre otros títulos. El poeta nació en Caá Catí. Una vez, charlando sobre Francisco Madariaga, el poeta manifestó que sus ojos están en esta tierra. “Mis ojos no se fueron de mi patria más íntima. Mis ojos están en mi pueblo Caá Catí, sus esteros, sus alrededores, sus grandes llanos, las palmeras, el olor de los caballos. En mi infancia yo andaba mucho a caballo, tenía en el fondo de mi casa un caballo. De hecho, con mi hermano Ramiro amansamos un caballo a fuerza de cariño, eso decíamos. Mi relación con los caballos es muy fuerte”.
Ahora, muchos años después, nos cruzamos en un chat de Facebook y hablamos del primer poema que lo atrajo: “El primer poema que me atrajo fue ‘Libertad’ de Paul Eluard. Yo tenía once años y no era que a esa edad leía a Eluard, sino me lo encontré por casualidad en la última página del tomo 3 de una obra que se llamaba ‘Gran crónica de la Segunda Guerra Mundial’ que me gustaba abordar en las espesas siestas de Caá Catí. Allí estaba ese poema sencillo, directo, anafórico; con el tiempo me enteré de que era un poema emblemático de la paz. Recuerdo que copié el poema a mano y se lo regalé a mi maestra de Séptimo grado. Muchos años después cuando presenté mi primer poemario, aquella maestra llamada Yayí me recordó el episodio”, cuenta Galarza.
Ahora, mientras golpeo este teclado me remonto a su voz, grave, clara, preciosa, bella. Su voz es poética. Al mismo tiempo, la poesía también es en ocasiones interrogación, nos da muchas cosas sin ofrecer respuestas. “La poesía me ha dado todo lo que soy”, advierte Rodrigo. “Es decir –sobre todo– lo que desconozco de mí, la pregunta constante, la dinamita en la sangre. Me ha hecho entender que cuando decimos ‘yo’ ese yo es otra cosa que vuela en pedazos o que se llena de misterio o de vacío. La poesía me ha acercado a lo inefable, me ha hecho ver lo que la poesía “le hace” a la lengua, ese balbuceo lleno de intenciones que llamamos idioma. La poesía me ha hecho bailar alrededor de la hoguera, me ha hecho mirar hacia adelante para poder ver mi nuca”, reconoce.


Alas de las palabras Rodrigo cuenta que las aves siempre han estado en su vida. “Desde niño me fascinaron, primero bajo el imaginario de atraparlas con la cimbra y luego como símbolo. En mi infancia tuve un pajarito al que crié desde pichón, era un pajarito feúcho que lo traje de la orilla de la laguna, lo había sacado al pobrecito de su nido que estaba sujeto entre las totoras. Lo cierto es que el pajarito creció y vivía dentro de una jaulita con la puerta abierta. Durante el día andaba libre, luego al atardecer venía a su casita. Cuando mi madre andaba por el patio, él la acompañaba, se posaba cerca. Un buen día decidió marcharse”, dice y abre ese silencio de alas abiertas.
Destellos
“Atacado de romanticismo, el zorzal vuelve mirando con ojos insomnes y como no se aguanta su tristeza la va rompiendo en el canto”, describe el escritor saladeño Gerardo Pisarello, en una de las páginas del clásico Che Retá. Es la obra que nos acompaña mientras buscamos los registros del zorzal colorado, que hoy ven la luz en la sección entre aves y letras, que entró en su quinto mes de edición.
Por Paulo Ferreyra.