13/12/2019

Su Majestad pasó por Buenos Aires


Roger Federer, el mejor tenista de la historia para gran parte de la prensa especializada, pasó por segunda vez por Buenos Aires y deleitó con su técnica sin par a las más de 15.000 personas que llenaron el estadio “Mary Terán de Weis”, reeditando la “Federermanía” que lo acompaña en cualquier lugar del planeta.
La exhibición que brindó en el Parque Roca ante un futuro campeón como Alexander Zvererev fue la excusa para renovar el idilio entre Federer y la gente, un vínculo que excede largamente a los aficionados del tenis, ya que a esta altura la imagen del multicampeón suizo es la representación del deportista del siglo XXI.
Lo vivió el martes en la Arena Movistar, en Santiago de Chile, primera etapa de un periplo que abarca cinco países en una semana, y que, de paso, lo recibió con un impactante “Chile despertó”, a tono con los acontecimientos sociales que se viven del otro lado de la Cordillera.


Y lo vivió ayer en el Parque Roca, con un estadio colmado que lo fue a ver como si esta fuera una gira despedida, aunque el mismo Roger anticipó que seguirá jugando mientras lo disfrute y, a juzgar por como lo reciben, en cualquier court hay cuerda para rato.
El propio Zverev, en rueda de prensa, dijo que “todos los jugadores solemos perder ante Federer, pero seguimos deseando que no se retire”, toda una definición de lo que representa para el tenis y el deporte en general.
Porque salvo raras excepciones, Federer es local en cualquier lado, aunque enfrente a un jugador local. No parte aguas. Y en esos casos excepcionales, llámese Nadal en la Caja Mágica de Madrid, el afecto muda al respeto absoluto.


Así como Muhamad Ali marcó el siglo pasado, Federer es el emblema de la era de la globalización por lo que representa dentro y fuera de la cancha. Lo que se comprueba en las innumerables selfies y autógrafos que firmó desde su llegada a Buenos Aires el lunes por la mañana, siempre con una sonrisa.
Es tan cierto que cobra millones de dólares por esta gira (se habla de unos 10.000.000) como que en la cena del lunes en un hotel de Puerto Madero recorrió las 36 mesas del salón, posó para la foto en cada una y estrechó las manos de todos.


A los 38 años mantiene en el máximo nivel la vigencia del tenis clásico, una especie en extinción, y ya no importan sus 310 semanas como número uno, los 103 títulos ganados, los 20 Grand Slam, los 8 Wimbledon, ese “santo grial del tenis” como él calificó, el patio de su casa, como “la Bombonera para Riquelme”, que retribuyó el elogio y lo visitó en camarines junto con otro “bostero de ley” como Juan Martín del Potro.


Y hablando de xeneizes, otro, de los de más lustre, Diego Armando Maradona, apareció en las pantallas del estadio con un mensaje de congratulaciones para el suizo, que también fue recibido complacientemente en las graderías por dos goleadores de época como Gabriel Batistuta y Hernán Crespo, así como por otro digno representante de los colores celeste y blanco, el excapitán de los Pumas, Agustín Creevy.
Pero sobre todo mantiene esa conexión mágica con el público que lo hace recorrer Santiago de Chile, Buenos Aires, Bogotá, Ciudad de México y Quito en apenas una semana, como si fuera un rock star en plenitud.


Como junior apenas había jugado en Caracas y desconocía el furor que causaba su presencia en Sudamérica. Lo experimentó en 2012, quedó impactado y prometió volver para recibir otra vez el baño de afecto. Y de paso darle la espalda a la nueva Copa Davis, la Copa Piqué como él bautizó, disconforme con su formato.
El intenso calor y el trajín de los viajes derivaron en una derrota en dos sets, en sendos tie breaks, la primera en exhibiciones, ante Zverev. Y no importó, Su majestad pasó por Buenos Aires, el idilio con el público sigue intacto. Es simplemente la “Federermanía”. 

Télam