22/03/2019

El buen humor como medicina


Por Teresita Lotero
Especial para La República

“Si vos te reís, sirve”, me dice Aldana cuando suelto una carcajada por sus ocurrencias. Mi hija menor tiene una forma de medir si lo que dice o escribe es gracioso, a partir de la impresión que causa en dos personas, según ella, difíciles de hacer reír: su hermano y yo.
Yo no soy un buen parámetro, convengamos, porque puedo transformarme en una foca que aplaude media hora mirando un video de dos perritos haciendo una gracia; o contar un chiste tonto sin parar de reírme mientras veo la cara de “¿Qué?” de mis interlocutores.
De todos modos, la frase disparó un recuerdo de hace algunos años cuando me iba a trabajar pensando si lo que hacía tenía sentido o era, al menos, útil para alguien más allá de que a mí me permitiera sobrevivir.
Esos debates internos que tenemos cuando salimos corriendo mientras nos peinamos camino al trabajo porque nos quedamos dormidos o pospusimos 5 minutos más el despertador.
Escuché durante un tiempo frases del tipo: Podrías haberte dedicado a hacer periodismo ¿por qué elegiste hacer locución? A vos “te da la cabeza” para hacer algo más que contar anécdotas graciosas al aire, etc.
A todos “nos da” la cabeza, estimo. Yo elegí hacer lo que más o menos me sale, básicamente.
Aun así, al principio sentía una especie de culpa (ay, la culpa) porque no estaba a la altura de la expectativa de gente que, de todos modos, no aportaba demasiado a mi desarrollo emocional.
Conversando con una persona (de esas equilibradas y de la palabra justa), me hizo notar que trabajaba en lo que había soñado desde que tenía cinco años cuando escuchaba LT 7 con mi abuelo bajo el mango: locución.
Como si aquella charla necesitara el clic final para que me terminara de convencer, ocurrió el remate: una mañana atendí el teléfono de casualidad –o de metida– en la oficina de producción y una señora me contó que mis locuras al aire le hacían reír. Tenía una enfermedad que le causaba mucha angustia porque estaba postrada en una cama y mis payasadas le cambiaban el humor.
“No tenés idea de cuánto ayuda reírse cuando se está en mi situación, querida”, dijo la dama del teléfono y nos despedimos.
Caí en la cuenta de que lo que hice y hacía cada día de mi vida tenía sentido si ayudaba a alguien a sentirse mejor. No era un descubrimiento como la pólvora pero ¡qué afortunada era de poder trabajar en lo que amaba y, sin embargo, me estaba haciendo una ensalada en la cabeza inútilmente, caramba!
Pasó más de una década de aquel día y en todo este tiempo he recibido muchísimo afecto, más del que quizás merezca, solamente por sacar una sonrisa a alguien que lo necesita en ese momento. La sensación es gratificante, sin dudas.
A veces, no hace falta tener amplios conocimientos de psicología, medicina o ser eruditos en la ciencia de la vida, sino que basta con un abrazo, un chiste o una palabra de aliento a tiempo para dar el empujoncito que el otro necesita para salir del pozo.
Como dijo Aldana: “Si te hace reír, sirve”.