25/08/2019

¡Felicidades! Usted ha llegado al nivel 45


Por Teresita Lotero
Especial para La República

Hace algunos días, cuando trataba de atarme los cordones de las zapatillas para sentirme una eximia deportista dentro de mi casa, hice un ruidito mezcla de gemido de dolor de cintura con “la panza no me deja llegar hasta los cordones”.
¡Apa! ¿Estaba sintiendo los efectos de la edad? ¡Pero si ayer tenía 18 y estaba escribiendo poemas de amor creyéndome la sucesora de Jaime Sabines! ¿Quién es esta ruidosa señora de 45 cuyo cuerpo protesta a la hora de un trámite tan simple como atar un cordón?
Recordé lo que había imaginado que estaría haciendo al llegar a esta edad intermedia y fabulosa (pese a los ruiditos), así que me propuse filosofar muy seriamente con una lista de las cosas buenas y otras no tanto, que nos ocurren a los 45.
Pasaron dos días y no se me ocurrió ninguna reflexión seria porque hablar en serio jamás fue lo mío, así que ahí vamos con algunas de mis conclusiones voladas sobre esta genial época.
-Los efectos de la gravedad y los años de gambetear el gimnasio se notan pero… también es cierto que ya no necesito tener la cola de una supermodelo a la altura de la nuca para ir a la playa. Además, llevo las estrías de dos embarazos cual trofeo. Punto para los 45.
-Ya no puedo quedarme hasta las 5 en una fiesta de cumple tomando hasta el agua del pozo con amigos porque me lleva una semana recuperar mi ciclo de sueño normal y una bolsa de Alikal al día siguiente; sin embargo, disfruto sobremanera ese par de horas algún viernes en el que nos juntamos cuatro amigos y nos reímos a carcajadas con las anécdotas de épocas de supervivientes. Punto para los 45.
-Cuidar mi trabajo sigue siendo una prioridad en mi vida, aunque ya esté más cerca de jubilarme que de empezar, pero… aprendí que, a la edad que sea ¡se puede empezar de nuevo!
(Haber llegado a esta conclusión después de un par de golpes sin aviso, me llevó a inscribirme en una carrera que pienso terminar sin apuro y al tranco que me permita la vida. Punto y medio para la mitad de los 90).
En resumen: hay cientos de situaciones que deberían hacernos sentir más que agradecidos con las oportunidades que se nos presentan todos los días y que solo comencé a notarlas cuando pasé las cuatro décadas. Que los hijos grandes son tus consejeros de mayor confianza, que los buenos amigos son una joya preciada, que la salud física y mental vale más que todo el dinero que te gustaría tener, que hacerse la tonta a veces es mejor que esmerarse en demostrar la razón, que hay que elegir con quién discutir para no enroscarse y caer en peleas estériles, que el desamor no es el fin del mundo y un nuevo amor puede estar a la vuelta de la esquina.
¡Y, por sobre todo, que no hay que mirar el pasado con nostalgia porque el futuro siempre, siempre, puede depararnos sorpresas maravillosas!

La inspiradora vida de Aída 

La historia de Aída Deulofeu es una de las tantas de personas que deciden vivir a pleno su vida, persiguiendo sus sueños sin tener en cuenta su edad, que en definitiva no significa nada. Aída no solo cumplió su sueño de ser maestra, sino que nunca dejó de estudiar y ahora a sus 90 años se recibió de licenciada en musicoterapia en la UBA, lo que la convierte en una de las personas con mayor edad en terminar una carrera en la historia de la universidad.
El año pasado, Clarín reunió historias de abuelos mayores de 70 que estudian en la universidad. Son personas que le ganaron la batalla a las agujas del reloj y que, a pesar de lo que indiquen sus documentos, continúan aprendiendo. Son parte de la nueva edad dorada y lo respaldan los números: en la Universidad de Buenos Aires estudian 200 alumnos que tienen más de 70. Es que la edad cronológica, se sabe, ya no define nada.