21/01/2019

Cómo se siente el pueblo entre los hijos del Taragüí

Paisajes, olores, costumbres y gestos nos identifican, nos hacen únicos y auténticos. Aunque estamos acostumbrados a ellos y a veces nos pasan desapercibidos, no cuesta esfuerzo encontrarnos entre abrazos amigos y perfumes que hacen que ésta sea nuestra casa.


Teresita Lotero
Especial para La República


Cada día descubro que me gusta vivir en este suelo más de lo que imagino. Hace poco, el 6 de enero, tuve el privilegio de estar en Concepción del Yaguareté Corá, justo el día en que celebraban al “Santo Cambá”: San Baltazar (sí, éste es con z). Hasta ese lugar, a 183 kilómetros de la capital provincial, llegamos con Diego y Cristina, compañeros de la radio. Y en la vorágine de sensaciones, que para muchos de nosotros resultan cotidianas, descubrí algunas razones más por las cuales afirmo que me gusta ser correntina.
Aunque siempre lo sentí, esta vez me puse a pensarlo en detalle, y tomé algunas notas:
El aroma a pueblo correntino. Concepción huele a tacuarales, al mango que deja caer sus frutos en el patio, algún corral cercano, el jardín de la vecina, arenales, a pasto recién cortado.
Ese sabor de pueblo del interior. Ollas de mbaipy y tiras de asado a la estaca me dieron la bienvenida apenas crucé el camino entre dos camalotales para llegar al santuario del rey mago. Fiesta para los ojos y el estómago.
“Se siente” el pueblo. El andar tranquilo de la gente. A nadie apura andar 40 grados a la sombra y alta humedad. Acá las cosas se toman con calma.
 La música y el baile de Corrientes, porque celebramos tradiciones que mantienen viva nuestra identidad: frente a la capillita de San Baltazar, y tras un almuerzo compartido bajo los galpones, se armó la bailanta en una pista al aire libre con conjuntos chamameceros y de otros géneros.
El pueblo sale a bailar apenas suenan los primeros acordes. No hay protocolo. Se sienten las ganas en la piel y hay que darse el gusto. Si hasta bailaron el curita y las monjas que estaban en una misión por la zona.
Mientras miraba a los visitantes llegados de todas partes, y esperando que algún gaucho me invite a despuntar el vicio de la danza, pensaba: “Esto es lo que somos”. Y me sentía orgullosamente en casa. 
Corrientes es esto: el adolescente que viene ataviado de gaucho a la fiesta con un facón cruzado en la cintura. No lo va a usar, salvo para cortar una fracción del costillar, pero ya lo hace sentir “mozo”.
El intendente del pueblo, calzado con alpargatas, que se reparte entre los visitantes estrechando la mano de todos y va de un lado al otro sin descanso para que la fiesta salga linda.
El viejo cuidador del lugar que, desde una casita al lado de la capilla, observa callado ese movimiento inusual de parroquianos y turistas que pasan, se persignan, rezan en silencio y se van. Y decenas de personajes más.
Me siento segura con ellos, como si estuviera en casa, abrazada por miles de brazos amigos, contenida por mi cultura y el afecto entre mi gente, entre reflejos cristalinos de lagunas y esteros y el sonido vibrante de un sapukay que nace desde el alma.
Siempre me sentí una hija del Taragüí, pero hay días en que me gusta mucho más que otros ser correntina. 
 Elegiría vivirlo una y otra vez, aunque haga calor, la tormenta nos amenace o tenga que recorrer cientos de kilómetros cada año para reencontrarme con esa gente, con ésta, que es mi gente.