La dieta de los argentinos, cada vez peor

Entre 1997 y 2013, el consumo de frutas se redujo casi a la mitad, se duplicó el de gaseosas y se cuadruplicó la compra de comidas listas para consumir.

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Según datos relevados por la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares y analizados por el Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni), se ahondan las deficiencias de nutrientes esenciales y crece el consumo de otros que no son beneficiosos. Todo, en un contexto de marcada monotonía alimentaria, por lo que podría decirse que se está ante un escenario francamente desolador.
El informe indica que descendió el consumo de lácteos y pan, pero ascendió el de arroz, galletitas dulces, amasados de panadería y bebidas azucaradas.
“En los últimos 20 años hubo modificaciones en la estructura de los alimentos más que en los nutrientes”, reflexiona Esteban Carmuega, director del Cesni y coautor del estudio La mesa argentina en las últimas dos décadas. Cambios en el patrón de consumo de alimentos y nutrientes, que firma junto con María Elisa Zapata y Alicia Rovirosa.
“No es cierto que se coman más calorías, pero sí que ingerimos más azúcar y especialmente provista por gaseosas y bebidas. Esto ocurre particularmente en los grupos más pobres de la sociedad. Es un hecho consistente con el aumento del sobrepeso y la obesidad que se observa en esos estratos. El contexto es bajo en nutrientes críticos y alto en riqueza calórica”.
Llevó dos años traducir la información disponible, reconocer los patrones de consumo de los diferentes grupos sociales y analizar los nutrientes que llegan a cada mesa, señala una publicación realizada por el diario el porteño La Nación.
“Es el primer análisis de esta naturaleza que se realiza en la Argentina. Tanto por su representatividad nacional como por su rigor metodológico, esta investigación contribuye a conocer con mayor profundidad cómo es la estructura de la alimentación de los hogares acorde con cada quintil de ingreso, y cómo ha cambiado el consumo de alimentos y bebidas en los últimos 17 años en cada segmento de la sociedad”, subraya Carmuega.
Los datos, públicos, corresponden a todo el país. Son registros de la compra semanal de las familias, reunidos por el Indec. “A partir de esa información calculamos cuánto come un adulto y luego convertimos los alimentos en nutrientes”, explica Zapata.
Los hallazgos más relevantes reflejan variaciones en la dieta que responden a estilos de vida: entre 1997 y 2013 el consumo de frutas se redujo casi a la mitad (de 155 gramos a 92 gramos por día). En ese lapso se duplicó el consumo de gaseosas (de medio a un vaso por día); en los hogares de menores ingresos se cuadruplicó. Lo mismo sucede con los jugos.
También se cuadruplicó la compra de comidas listas para consumir (pizzas, empanadas, sándwiches, tartas).
Se triplicó la presencia en la dieta de carnes semielaboradas, como milanesas y hamburguesas. Se come menos pan, pero más galletitas y amasados de pastelería.
La ingesta de azúcares libres es mayor a la recomendada (10% de la energía) y aumentó mayormente por el hábito de tomar jugos y gaseosas.
Según los especialistas, si se compara la mesa local con lo sugerido por el sistema sanitario se advierte que ésta es pobre en variedad: “Menos de 10 alimentos aportan la mitad de las calorías diarias (panes, aceite de girasol, carne vacuna, azúcar, fideos, arroz, harina de trigo, galletitas dulces y gaseosas). En 17 años se agregaron sólo dos alimentos al listado: gaseosas y galletitas dulces”, afirma Zapata.
Por otro lado, los argentinos sólo comemos la mitad de los vegetales recomendados por la OMS (400 gramos diarios), y esto ocurre en los hogares de menores y en los de mayores ingresos.
En la columna del haber pueden anotarse como cambios positivos que se redujo (y ahora está dentro de lo aconsejado) el consumo de grasas trans, principalmente por una reducción en el uso de aceite parcialmente hidrogenado por parte de la industria alimentaria.
Para Martín Silberman, que también analizó las modificaciones que aparecen en la mesa de los argentinos, pero a partir de hojas de balance de la FAO, “el análisis es excelente, porque habla de alimentos y no de nutrientes, lo que permite identificar dónde se encuentran aquellos que aumentan (sobre todo azúcares y grasas vegetales), y esto ayuda a orientar las políticas sanitarias”.

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